Traigo un mensaje de paz y armonía a los pueblos del mundo, en nombre de los 4
pueblos de Guatemala.
Estas palabras vienen desde el centro de América, desde los territorios que
durante siglos ha habitado el pueblo q’eqchi’ en el norte de Guatemala. Les
saludo con el idioma que se habla en la región de la Verapaz, de la “paz
verdadera”; esa región que solo pudo ser incorporada al gobierno colonial
español por medios pacíficos, tras 20 años de digna resistencia. Traigo conmigo
estas palabras para llamar a la “paz verdadera” que hoy parece tan lejana.
En el calendario ancestral de los pueblos mayas, los periodos de 20 años se
llaman katunes. Por eso, podemos decir que en 2025 se cumplen cuatro
katunes desde que se fundó la Organización de las Naciones Unidas. Eso
implica que estamos cerrando un ciclo e iniciando otro. Se abre ante nosotros
una oportunidad para buscar el bienestar; para reflexionar y reparar; para hacer
justicia; para empezar de nuevo.
Hace ochenta años los pueblos y los gobiernos del mundo decidimos fundar
una nueva manera de relacionarnos. De los escombros de una guerra que
conmovió las convicciones más profundas de la Humanidad en todos los
rincones del planeta, emergió la certeza del diálogo y la cooperación como
herramientas centrales para construir un mundo nuevo. Para convertir el
miedo, la consternación y la vergüenza en esperanza, responsabilidad y
compromiso firme con la paz.
Hoy las sombras de la guerra aparecen de nuevo en el horizonte y los abusos
militares cometidos contra comunidades vulnerables ofenden a la humanidad
entera. La crisis actual es un golpe de realidad, pues está claro que no hemos
hecho lo suficiente para alcanzar el ideal de un mundo donde la vida y la
dignidad de todas las personas se respete de forma incuestionable. Debemos
recordar el impulso transformador de 1945 y la valentía de aquellos líderes que
se atrevieron a pensar que un mundo de paz, justicia, solidaridad y armonía era
posible, y comenzaron a trabajar para construirlo.
Quienes nos antecedieron imaginaron, construyeron y nos heredaron un foro
permanente de diálogo y conocimiento mutuo, basado en el convencimiento
de que el destino de cada nación es también el destino de la humanidad; donde
las voces de todos los países serían escuchadas, independientemente del
tamaño de su territorio, de su economía, o de su ejército. Un foro multilateral
guiado por el principio de igualdad soberana, orientado hacia la paz y
comprometido con la no repetición del sufrimiento del pasado y con la vigencia
plena de los derechos humanos.
Esta organización se construyó sobre el principio de que ninguna nación puede
garantizar por sí sola la seguridad mundial. Debió habernos quedado claro que
el poderío sin controles efectivos tiene el potencial de producir rupturas
irreparables en el tejido de la humanidad. Debimos haber aprendido que los
avances en la ciencia y la tecnología pueden producir catástrofes inimaginables
si los dejamos en manos de un poder sin frenos. Debimos haber aprendido que
cualquier mecanismo internacional necesita incluir acuerdos fuertes,
vinculantes y ejecutables para ser eficaz.






